
2.1 Estética: una «marcia funebre»
1) Al describir los rasgos fenomenológicos de la vivencia de nuestra encrucijada histórica, tomamos conciencia de las situaciones de abandono, silencio, olvido, exclusión, sufrimiento, soledad, detracción, ostracismo, descalificación, pobreza, linchamiento y humillación, en las que nos sentimos sometidos a veces como víctimas de la incomprensión, traicionados por quienes más amamos e incluso marginados por quienes creíamos nuestros mejores amigos. Esta vivencia no es sólo una situación personal, sino también compartida por muchas generaciones a lo largo de la historia, e indudablemente se ha convertido en un hito paradigmático cohesionado en la problemática del fúnebre «mysterium iniquitatis».
2) Si intentamos remitirnos reflexivamente a la experiencia originaria del bebé que una vez fuimos tú y yo en cada caso, se bifurca la posibilidad de sentirnos amados o rechazados. En el primer caso contribuye el primer acontecimiento fecundo del bebé en los brazos de su madre al descubrimiento asombroso de la luz del amor en los ojos de mamá, con ayuda del cual podrá descubrir además la luz de ser en el momento, cuando llegue oportunamente a la reflexión. Por ahora basta, que en los brazos, en las pupilas y en la sonrisa de mamá, la epifanía del amor le ha salido al encuentro asombrosamente. El amor ha aparecido sensiblemente ante el bebé, él lo ha percibido cercano y su manifestación perceptible le invita a confiar, le hace feliz y le parece bella. Por esta razón hay en el amor proporción estética entre lo manifiesto y lo percibido. A partir de esta vivencia surge la interpretación filosófica de ser como estético, es decir epifánico, automanifestativo y perceptible. En otras palabras, la estética rehabilita el valor de la sensibilidad. Así interpreta Balthasar lo que la Filosofía tradicional denominó como καλὸν.
En el segundo caso, cuando aquel bebé fue rechazado y expulsado del seno del amor, encontrará más dificultades para percibir en su momento el valor de ser, el que le parecerá, ser un discurso extraño, indiferente, neutral y sin sentido. Por tanto le parecerán las situaciones patéticas descritas anteriormente, ser oscuras, trágicas y terribles. Por consiguiente se sentirá autorizado, a pronunciar con rabia una maldición contra la acción de ser y contra el amor. Así lo han hecho muchos pensadores con violencia devastadora al menos en tres épocas: en la escéptica Antigüedad tardía, de modo más trágico todavía en la nominalista Edad Media tardía, y todavía más fatalmente en nuestra Edad Moderna tardía tambien llamada postmoderna.1 He ahí las tres noches fúnebres y oscuras en la historia de la Metafísica. En los crepúsculos suele surgir un miedo e incluso una aversión, la que desacredita el valor de la Metafísica.
3) A partir de los anteriores datos vivenciales y de su interpretación filosófica explicita Balthasar su propuesta teológica en los siguientes términos trinitarios: La médula de la epifanía estética o bien automanifestación trinitaria de Dios está cristológicamente centrada en el peso o bien fuerza irradiada (kabod, δόξα) de la cruz abierta anastásicamente. Ahí, donde la muerte del Crucificado ya no es tan sólo palabra, sino silencio como plenitud de la Palabra del Padre, porque ésta se vuelve grito y enmudece,2 y donde la palabra enmudece, resuena potente el verdadero evangelio: la alegre noticia del corazón de Dios traspasado por el amor. La kénosis del peso o bien fuerza irradiada (kabod, δόξα) de la cruz es la suprema manifestación económica del amor trinitario de Dios. En el abandono sufriente del Hijo en la cruz se dejar tensar el arco del amor del Padre casi hasta romperse. El peso de la cruz hace perceptible la incondicional y libre obediencia amorosa del Hijo y manifiesta la libertad del amor casi al bordo de la locura del Padre por sus hijos en el Hijo. Además aparece la presencia del Espíritu Santo libremente en el trasfondo silencioso del misterio del dolor casi como ausente soportando en sí mismo el peso tensionado del amor entre el Padre y el Hijo tan desgarrado, como una cuerda a punto de romperse. Ese amor, que es el vínculo de la unidad entre ambos.
¿Será esta automanifestación trinitaria solamente una kénosis económica? Según Balthasar, no. Lo económico revela en parte lo intratrinitario.3 Por esta razón se deja postular una triple kénosis en las Personas de Dios, la que se deja enunciar a continuación: 1ª) El Padre renuncia eterna y totalmente a ser Dios para sí solo y se autoentrega al Hijo en la autodonación íntegra de la divinidad del Yo, para que el Tú del Hijo sea también eternamente. 2ª) El Hijo responde desde siempre con la disponibilidad de someterse a la voluntad del Padre, como eucaristía libre, obediente, sacrificada amorosa y agradecida por el don personal de la divinidad. 3ª) Y el Espíritu Santo, quien es simultáneamente «el Nosotros del amor entre el Yo y el Tú» divinos y «el fruto personal y diferenciado de ese amor», es en efecto el amor divino personal, el que se expresa pero paradógicamente en el silencio y en el abandono, como si estuviera oculto y ausente, es decir como si renunciara, a aparecer en primer plano.
Gracias a esta interpretación teológica transfigura Balthasar la inicial «marcia funebre» del «mysterium iniquitatis» convirtiéndolo en el «locus estheticus» privilegiado para la manifestación del amor trinitario, siempre y cuando el ser humano lo asuma libremente y se deje trasformar desde dentro por ese amor catártico, porque ciertamente el mal no hace mejor a nadie excepto a aquéllos, los que ya eran buenos. De hecho no sería el mal tan malo, si no clavara su aguijón perverso en la persona, quien se deja envenenar por él. De esta manera se deja transfigurar la flacidez del pulchrum metafísico por el compromiso con las situaciones trágicas del dolor. Es decir la estética despierta la sensibilidad metafísica, para encontrar sentido desde la fosa de la iniquidad, si la razón filosófica no se deja decapitar y voltea desde cada crucificado hacia los océanos de la trascendencia del Dios cristiano. A la luz de ello es este trasfondo trinitario capaz, de modificar profundamente los otros tratados teológicos desde la perspectiva de una Cristología trinitariocéntrica y pneumatológica. Además puede la estética replantear la eclesiología, la pastoral y la espiritualidad cristiana a partir de la renuncia kenótica total a sí mismo e incluso al poder. Finalmente ayuda la estética a reconocer, que ‘sin oración ninguna especulación’ teológica es creíble.4 Su anhelo vehemente tiende, a que todo ello desemboque en una liturgia de glorificación orante ante el amor kenótico intratrinitario revelado en la cruz.
___________________________________
1 Cfr., BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria: una estética teológica (Encuentro, Madrid 1985-1989), V, 571-572.
2 Cfr., Ibid., VII, 77.
3 El principio balthasariano llamado «inversión trinitaria» pone límites al principio rahneriano acerca de la «Trinidad económica y la Trinidad inmanente» en la medida, que éste último utiliza la expresión „y viceversa“. Por eso es el teologúmeno balthasariano una nota correctiva al pie de página del teologúmeno rahneriano. Cfr., Id., Teodramática (Encuentro, Madrid 1990-1997) III, 173-180; Cfr., Id., Teológica (Encuentro, Madrid 1997-1998) III, 187-192.
4 Es decir merece ninguna reflexión en Teología aquello, que no sea oración ni confesión de fe. Cfr., Id., Teológica…, III, 355.
